Toda mujer soñaba con aquel
distinto de ser hembra liberada. Se
sienten encarceladas en las hormonas como el estrógeno que causa aquel
sentimiento ajeno de dolor, turbulencia de emoción, y la progesterona que causa
la responsabilidad y buena memoria, dicha maldición de ser mujer. Al revés, añoraban la salvación sexual,
erótica. Querían ser barbaries y
liberarse una vez y siempre de ese antagonista llamado civilización, aquel que
pertenece a las personas cultas. No
querían ser madres, ni hijas y mucho menos esposas; querían ser libres, hermanas,
humanas. Sus sueños siempre surgían de
su deseo de oposición a la persecución sexual.
Anita
deseaba eso, sólo eso. Esperaba un momento
en que la sociedad volviera a ser bárbara y ella pudiera realizar sus deseos
carnales. Se masturbaba sola en su cama
mientras hacía fantasías sexuales en su cabeza.
Cerró los ojos al sentir un alivio extremo mientras colapsaban las
paredes de su vagina. Estaba feliz,
alegre, sin estrés alguno. ¿No sería el
mundo más pacífico si todos pudieran colapsar en el momento que quisieran?
Esa
noche, mientras descansaba ella, su cuerpo empezó a devorarla viva,
absorbiéndola de afuera hacia adentro.
Se derretía mientras la luna
absorbía la llegada de la mañana de modo que, al día siguiente, Anita no se
hallaba en su cama, mucho menos presente en algún otro lugar. La policía encontró sólo un rastro: dos diamantes los cuales lucía en las orejas
la noche anterior. Curioso, dijeron, si fue
raptada se hubieran llevado las pantallas.
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